domingo, 24 de enero de 2016

La Luz de los pueblos

Tratar de hacerse como un niño es uno de los mejores ejercicios que cualquier persona de bien adulta debería hacer; para un cristiano es simplemente imprescindible. No solamente por la inocencia de esa etapa de la vida, sino por la avidez con que desean aprehender el mundo que les rodea, lo que les lleva a cuestionar y cuestionarse.

Mi hija mayor estudia quinto de primaria en un colegio concertado de la Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Ésta semana, en un grupo de trabajo de su clase de religión, han tenido que hacer una encuesta a los padres. Las preguntas que me han hecho han sido:

¿Te sientes profeta?
¿Desde cuándo?
¿Cómo anuncias el Evangelio?
¿Empatizas con la gente que sufre?
Si Dios te pidiera ayuda ¿qué harías?
¿Por qué?”

Telita. ¿O no? Contesté a cada una de las preguntas con sinceridad y desde mi experiencia vital. Sin embargo, a la hora de completas, las retomé como todo un examen de conciencia. Un duro examen de conciencia. Me enfrenté al casi Juicio de mi hija y respondí con autenticidad, pero… ¿es suficiente? Esa encuesta escolar me ha llevado a releer y redescubrir la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium. ¡Cuánto que redescubrir! Volver a ella, fuera del ámbito académico, en la soledad del hogar, y con la visión de un padre de familia, laico comprometido y misionero laico del Santísimo Redentor supone acercarse a sus enseñanzas con confianza, fe, humildad y misericordia hacia uno mismo. Con esas premisas uno ve en ella Luz como miembro del Pueblo de Dios, consciente de que sólo Cristo es la Luz de los pueblos...

Uno, como laico, puede tener la visión de adquisición de “derechos” o de asunción de responsabilidades. Ver lo uno o lo otro es un error. Ver ambos al unísono ayuda a encontrar un poco más la verdad. Es una perla que debería de ser de obligado conocimiento. Sencillamente, no tiene desperdicio.

Pastores hay también que recelan, curiosamente, de laicos a su lado. No siempre son, como uno pudiera imaginarse, aquellos que podríamos considerar como más rígidos. Si los dones son regalados de manera generosa, original e individual, los prejuicios, o simplemente los miedos, son también, tristemente, generosos, originales e individuales.

“La condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó a nosotros (cf. Jn 13,34). Y tiene en último lugar, como fin, el dilatar más y más el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que al final de los tiempos El mismo también lo consume, cuando se manifieste Cristo, vida nuestra (cf. Col 3,4)”

“Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios (cf. Hch 2,42-47), ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rm 12,1) y den testimonio por doquiera de Cristo, y a quienes lo pidan, den también razón de la esperanza de la vida eterna que hay en ellos (cf. 1 P 3,15).”

“El Pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, que es fruto de los labios que confiesan su nombre (cf. Hb 13.15)”

“La responsabilidad de diseminar la fe incumbe a todo discípulo de Cristo en su parte”

“Los laicos están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos [113]. Así, todo laico, en virtud de los dones que le han sido otorgados, se convierte en testigo y simultáneamente en vivo instrumento de la misión de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo (Ef 4,7).”

“…los laicos también puede ser llamados de diversos modos a una colaboración más inmediata con el apostolado de la Jerarquía [114], al igual que aquellos hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho en el Señor (cf. Flp 4,3; Rm 16,3ss). Por lo demás, poseen aptitud de ser asumidos por la Jerarquía para ciertos cargos eclesiásticos, que habrán de desempeñar con una finalidad espiritual.”

“…incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar para que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y en todas las partes de la tierra. De consiguiente, ábraseles por doquier el camino para que, conforme a sus posibilidades y según las necesidades de los tiempos, también ellos participen celosamente en la obra salvífica de la Iglesia.”

“…los laicos, incluso cuando están ocupados en los cuidados temporales, pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del mundo”

“También por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: «reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz»”

“…coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes”

“…los sagrados Pastores reconozcan y promuevan la dignidad y responsabilidad de los laicos en la Iglesia. Recurran gustosamente a su prudente consejo, encomiéndenles con confianza cargos en servicio de la Iglesia y denles libertad y oportunidad para actuar; más aún, anímenles incluso a emprender obras por propia iniciativa. Consideren atentamente ante Cristo, con paterno amor, las iniciativas, los ruegos y los deseos provenientes de los laicos [119]. En cuanto a la justa libertad que a todos corresponde en la sociedad civil, los Pastores la acatarán respetuosamente.”

“Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y una señal del Dios vivo”

Uno se sabe débil y pobre. Saberse así es reconocerse necesitado de los hermanos; reconocerse necesitados de los hermanos es saberse miembro y partícipe del Pueblo que camina. En la infinita diversidad humana, reconociendo la obra del Creador desde lo más pequeño.

Iluminadoras han sido las preguntas que me planteó mi hija; una niña pequeña… En ello estoy, scalando en Familia, en la Iglesia y en esa Familia a la que fui llamado y en la que fui acogido como misionero laico del Santísimo Redentor. Débil, pobre, necesitado. Pero siempre en gerundio, bajo la mirada del Redentor y acogido al Perpetuo Socorro de María.
Los que no la hayáis leído nunca, hacedlo; los que la habéis olvidado, recordadla. Y los que deberíais saberla de memoria… ¡No tengáis miedo!

1 comentario:

  1. Gracias por ofrecernos la posibilidad de leerla. Y sí, qué difícil es enfrentarse a las preguntas.

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