jueves, 11 de septiembre de 2014

Negociando con talentos

Una de las diferencias entre la pobreza y la miseria es precisamente aquello que define y califica a quien no se fija en su propia riqueza y le separa de quien no para de señalar las pobrezas ajenas. Porque hay personas ahítas de rencor, de soberbia, tan alejadas de la luz que lo ven todo negro, tan enriquecidas de miserias de otros que no son sino unos miserables. Lleven jeans, alzacuellos, zapatillas de deporte, mono, uniforme militar, smoking o hábito de monja mediática, su estrechez de miras se circunscribe a pegar el ojo a la cerradura del corazón humano a la búsqueda ávida de miserias. Miserables.

Ayer falleció un paisano mío. No me voy a fijar en lo que se llevó, porque eso es el cúmulo de una vida y una conciencia, y aquello que se llevó sólo le interesa a Dios que es a quien se lo habrá de presentar. Y a buen seguro le habrá mirado con tanta misericordia como mirará en su día a los inmisericordes miserables que señalan con unos dedos larguísimos y muy tiesos, escondidos tras falsas sonrisas beatíficas.

Lo que se llevó es cosa suya y del Creador. Yo me fijo en lo que dejó tras de sí, y lo hago teniendo en cuenta la particularidad de que este paisanuco mío podía haber vivido una vida absolutamente relajada, sin haber trabajado ni un solo día de su existencia. Sin embargo recorrió una vida sembrada de trabajo, dejando tras de sí riqueza y puestos de trabajo; así, fríamente y sin demagogias facilonas. No solamente llevó el nombre de su ciudad, Santander, por el mundo entero, sino que se empeñó de igual forma en generar riqueza en ella de una manera constante e imparable. Obras sociales, donaciones multimillonarias que contribuyeron a hacer del Marqués de Valdecilla un hospital puntero del sistema público de salud, el impactante Centro Cultural que no llegó a ver en marcha (a pesar de haber pagado para su construcción hasta las obras de adaptación urbanas), becas, dotaciones económicas a Universidades… Me fijo en esto porque es lo público, ni hablo de su familia, ni de la dimensión privada de otras “obras sociales” precisamente por ser privadas. Y hoy, los empleados que quieran pueden acudir a la Eucaristía que se celebrará en la Capilla que quiso que se instalara en la Ciudad Financiera que se empeñó en levantar. Vamos, todo muy carca. Capilla, rezos… Carca y bíblico, porque en cuanto los heredó se puso a negociar con sus talentos y los multiplicó…

Podía haber visto la vida pasar, pero se pasó su vida mirando al futuro, innovando, generando empleo, trabajando. Hoy, ya al otro lado del ojo de la aguja, habrá visto cara a cara a su Redentor. Descansa en Paz, Emilio. Lo harás, mientras otros miran la vida con el ojo pegado a la cerradura de las miserias humanas, quizás por miedo a ver las propias.

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