martes, 2 de septiembre de 2014

Mirando a la Vida

Se acabaron los días de descanso. No quedan atrás. En el olvido se desvanece lo innecesario, aquello que nos hace crecer viene con nosotros a cada paso, aquello que es realmente Vida nos conforma. Errores, aciertos, tristezas, alegrías. Y la Vida lo es más cuando es compartida.

Doy gracias a Dios por este tiempo en Familia. Lo iniciamos, mi mujer y yo con nuestras niñas, con una estancia en Astorga, en Casa San Alfonso, acogiendo peregrinos del Camino de Santiago. La ilusión, la inocencia, la entrega a lo que fuera, las caras de mis hijas no han sido solamente motivo de alegría; cuando uno es padre de niños pequeños, y trata de ver el mundo como ellos lo hacen, es como descubrir al hermano con los ojos de Dios, adentrarse en la creación con los ojos de Dios. Y labor de los padres es propiciarles las condiciones adecuadas para que no pierdan esa mirada.

La cotidianeidad con su abuela, lo normal de disfrutar de la abuela que no tienen a diario es una gracia. Verlas crecer, es otra. Compartir en Familia. Primos, amigos, croquet, playa, montaña, cartas, pueblo, normalidad, Amor. Armonía, esa palabra tan habitual en boca del Papa y tan extraña a veces en la vida de los hombres.

El Monasterio Redentorista de Nuestra Señora de El Espino, en Santa Gadea del Cid, donde con tanta naturalidad como intensidad y gozo interior fui desgranando mis “Sí, me comprometo” a cada una de las cinco preguntas que mi querido amigo el Padre Pedro López, Superior Provincial de la Congregación del Santísimo Redentor, nos iba regalando como paso final a quienes nos comprometimos y fuimos agregados a la Congregación como Misioneros Laicos del Santísimo Redentor. La delicadeza de Mari Ángeles ofreciéndole a mi mujer leer la Primera Lectura en esa Eucaristía. Mis hijas. Los hermanos venidos de Madrid. Vida compartida en Familia. Tan intensa fue esa celebración como el tiempo de desierto, en el que los recuerdos de cómo y de la mano de quién comenzó este maravilloso regalo se me agolpaban con tal fuerza que parecía revivirlos en presente. A solas con el Señor, en los jardines del Monasterio, no había excusa para no regalarme alguna lágrima recorriendo feliz, el rostro feliz de un pobre hombre enamorado.

Mi hija mayor recibió por primera vez el Cuerpo de Cristo. En Familia. Ante nuestra Señora del Perpetuo Socorro y de manos de quien es un hermano. Exactamente cuarenta años después de que yo lo recibiera de manos de otro Redentorista. Acompañados también de quienes estaban en nuestro corazón aunque no en persona. Agradecido al Señor por tanto, por tanta Vida.

La mano de nuestra Madre del Perpetuo Socorro en lo que inexplicablemente acabó en nada; un accidente que podía haber cambiado el rumbo de la historia de nuestra hija pequeña. Acababa de decirle, apenas un par de minutos antes: “Paula, ven que te ponga la medalla de la Perpe que se te cayó hace unos días”. Y las piedras del suelo sobre el que cayó a plomo desde aquellos metros de altura, se volvieron las manos de María para recogerla. ¿Coincidencias? ¿Diosidades?

Creí que había cerrado el periodo estival con mi paso de nuevo por Astorga. No fue así. Lo di por cerrado anoche, tras leer el sensacional post de un peregrino del Camino de Santiago, Miguel Pérez. La fe ha de compartirse, lo extraordinario ha de compartirse, aquello que puede ayudar a otros ha de compartirse, por eso me tomo la libertad de compartir el enlace, no dejéis de leerlo y meditarlo: http://mesarinconcafe.blogspot.com.es/2014/09/de-sarria-la-gloria.html Gracias, Miguel, por hacerme comprender lo afortunado que soy sabiéndome tan pequeño, tan nada, tan grande simplemente por ser hijo de Dios.

Recibo septiembre con la Esperanza ahogando los miedos, limpio, con las manos abiertas, con el corazón abierto y confiado en la bondad del Padre que nunca nos abandona. Con la ilusión del impagable regalo que nos ha hecho el Papa Francisco con el nuevo Arzobispo de la diócesis de Madrid, mi paisano Don Carlos Osoro; leer sus entrevistas estos días es como recibir en la cara del alma la suave brisa del aire fresco. Un aire que, como el de Francisco, me resulta familiar… 

Abríos al Señor, abríos a la Vida, zambullid vuestros miedos en el mar de la Esperanza y recibid agradecidos el presente de cada día del mes que comienza. Mirad a la Vida a los ojos y compartidla, no la dejéis pasar.


Recibo septiembre scalando en Familia, agradeciendo al Señor, agradeciendo las manos tendidas, en gerundio.

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