domingo, 10 de agosto de 2014

Primera Comunión


Cuando el 2 de marzo de 2005 subieron a la habitación de la clínica San José de Madrid a una personita recién nacida, mi hija mayor, casi ni me atreví a besarla; me invadió una suerte de consciencia real de que aquel ser humano no era mío: responsabilidad. Hice una señal de la cruz sobre su diminuta frente y, a continuación, la besé. Era mi hija, sí, pero no en el sentido posesivo. Fui realmente consciente de que era una criatura de Dios, y que fue Él quien nos eligió a mi mujer y a mí como sus custodios. Y, como custodios suyos, la primera idea que del Amor de Dios habría de tener sería el nuestro; la más cercana extensión del Amor de Dios, la nuestra; la más viva y primera presencia de Su Amor, nuestra conducta; la más viva presencia del Reino, nuestra propia vida; la mayor alegría de Su Amor, su propia libertad. Con estas premisas comencé mi temblorosa andadura como padre. En el seno de la familia es donde unos padres pueden hacer real la presencia del Reino en la tierra.

Uno, a veces, se tambalea, duda, tiene miedo. Pero cuando la Meta es clara, cuando la Roca es firme, las torpezas propias y reiteradas del ser humano se vencen. No se vencen por uno mismo, se vencen con fe; la propia y la de los demás: familia, acompañante, comunidad. Mi debilidad me hace tener claro que por mí mismo sería prácticamente imposible recorrer una senda recta por el camino de Cristo.

Desde aquel 2 de marzo al 9 de agosto de 2014, han pasado más de nueve años. No un simple transcurrir del tiempo, sino Vida compartida. En este lapso, hemos tratado de ir preparando a Toya para lo más natural: la Vida. Toya ha ido haciéndose mayor, en un entorno normal, en una Familia normal, con unos amigos normales. Una niña más, normal.

El nueve de agosto, tras tres años de preparación, Toya recibió a Cristo, comulgó por primera vez. Y lo hizo en una ceremonia familiar, especialmente familiar, en una pequeña capilla vinculada a su intrahistoria familiar. Tomada de la mano de Jesús, se hizo una con Él y para siempre. Confieso que me sentí orgulloso. Un orgullo sano y exento de cualquier vanagloria. Nos iremos equivocando, como cualquiera, pero creo que vamos ejecutando el trabajo encomendado de una manera acertada: amarla, enseñarla a amar, hacerla sentirse amada, amando a Dios por encima de todo.

Cristo vivo se hace presente cuando el amor, a pesar de las torpezas, a pesar de los nervios, a pesar de los miedos, se hace presente. Cristo vivo se ha hecho presente los días previos, en los desvelos familiares, en la preparación de la celebración; como se ha ido haciendo presente en el ejemplo de los catequistas que la han ido preparando, en cada uno de los Redentoristas que el Señor ha ido poniendo en su camino. Creo que Toya no olvidará este día. Sé que no olvidará este día. Pido que no olvide este día. No olvidará el cariño y los esfuerzos de su tía Teresa. No olvidará el cariño y las palabras del celebrante; no olvidará que le regaló y puso en sus manos el Cuerpo de Cristo por primera vez. Al acabar la ceremonia, alguien me dijo algo que me emocionó: “qué ceremonia tan, pero tan bonita. Se nota que el sacerdote es de la familia. Se nota que el sacerdote os quiere”. Me emocionó porque esas fueron hace un tiempo las palabras de Toya, que le quería como si fuera “el tío Jorge”. Me emocionó, aunque quien las pronunció no sabe que ese celebrante se da por entero en cada Eucaristía, en cada celebración; como tantos otros.

Es afortunada porque son muchos los redentoristas que la quieren y a los que quiere. Es afortunada porque hay Amor en su vida. Me siento por ello agradecido y satisfecho. Es afortunada porque va haciendo su propia scalada por la Vida y la va haciendo en Familia.

Orgulloso y satisfecho porque el Señor le concedió a mi madre vivir este momento con una nieta más; orgulloso y satisfecho porque comulgó ante Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Sí, orgulloso y satisfecho.

Orgulloso, satisfecho y agradecido porque siento que el Señor me Ama a mí cuando Ama a mis hijas. Agradecido por mi Familia, por mi Comunidad, por mis amigos, por la Vida.


Desde mi debilidad, junto a mi mujer, seguiremos enseñando a Toya a ir por la Vida scalando en Familia. Sólo puedo dar gracias a Dios. El camino continúa.

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