martes, 5 de noviembre de 2013

Ya está preparado

Pobre, lisiado, ciego, cojo… escuché su voz y me sentí invitado… y rico y sanado y con vista. ¡Qué importante es traer a la memoria esos momentos! El recuerdo vivo de una experiencia así centra, y empuja de nuevo. Ayer leí un tweet que venía a resaltar la importancia de compartir ciertos momentos con personas que son referentes pastorales. Cuando se unen ambas experiencias y se hace en Familia la consecuencia es que uno recorre kilómetros levitando, con el depósito lleno, a toda potencia y como si lo hiciera con los neumáticos nuevos; porque hay pinchazos que son señales.

Y con tamaño estado de ánimo, ardiente en el espíritu, uno se para ante las lecturas de hoy con la pretensión real de ponerse al nivel de la gente humilde, de los pobres, lisiados, ciegos, cojos…y ser como el criado anunciando lugar en el banquete con la misma insistencia con la que su Señor desea ver la casa a rebosar. No caben excusas para uno mismo, la invitación está hecha, y para quien la recibe no caben excusas. Es nuestra opción en plena libertad acudir o no. Como también lo es, viendo que el Señor insiste y que queda lugar en el banquete, buscar, anunciar, contar que el banquete está ahí y todos tienen sitio en la mesa.

No se trata solamente de ser invitado y acudir, sino de ser invitado e invitar poniendo para ello los dones y con toda la naturalidad del mundo, sin farsas, sin intenciones espurias, aborreciendo lo malo, sin mayor pretensión que la de compartir con todos la Buena Noticia de la Redención.

¿Sentimos que nuestro nombre figura en la invitación? Porque ahí está escrito, como lo está en la palma de Sus manos. ¿Nos sentimos invitados? ¿Acudimos? ¿Nos excusamos?

Y si decidimos ir ¿Cómo lo hacemos? ¿Sólos? Pues la verdad, hacer el camino sólo es infinitamente más aburrido, puedes incluso perderte y no llegar. Además, intuyendo lo que habrá en el banquete ¿Cómo no querer compartirlo? ¿Cómo no querer que otros lo disfruten? Al menos contémoslo y que cada cual decida en consecuencia, pero conscientemente.  Tratemos de eliminar el “mí”.

¿Te sientes invitado? Yo lo estoy, y tu también. ¿Te vienes conmigo, con nosotros? La casa es enorme y aún queda sitio… Hagámoslo juntos. ¡Anímate! 

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