lunes, 11 de noviembre de 2013

281 años después

Mientras en Madrid se celebraba la festividad de Nuestra Señora de la Almudena, nosotros íbamos camino de Cuenca, de peregrinación a la ciudad donde los seis recientes Beatos Redentoristas sufrieron el martirio. Un día especial, 9 de noviembre, porque se cumplían 281 de la fundación de la Congregación del Santísimo Redentor por San Alfonso Mª de Ligorio.

No íbamos solamente nosotros, éramos unas 160 personas de tres parroquias redentoristas de Madrid, desde una bebé de meses a ancianos, aunque no voy a ocultar el frío vacío que se sintió de una franja de edad determinada. Por quienes podrían haber ocupado ese hueco recé en la Eucaristía en la iglesia de San Felipe Neri, presidida por el Sr. Obispo. Cada vez rezo más por ellos ante el Santísimo.

No sé cómo llamarlo, la verdad, porque siendo tres (Parroquia Santuario del Perpetuo Socorro, Parroquia del Santísimo Redentor y Parroquia de San Gerardo) lo de peregrinación parroquial parece quedarse corto. Lo cierto es que los nombres dan igual, fue un día en Familia; un día de compartir, de Comunión. Un día feliz de peregrinación y aniversario. 

No fueron los innumerables escalones que ascendimos (lo de “scalando” se hizo físicamente real), ni siquiera los lugares desde donde sacaron a algunos de los beatos para matarles lo que más me impresionó; lo que de verdad me impresionó vino más tarde.

A la noche, ya de vuelta en Madrid, iniciando la preparación de una cena en PS, fallecía un anciano sacerdote redentorista, el P Pedro Núñez. Yo no le conocía de nada, pero eso es lo de menos, la fiesta ya sólo estaba en el cielo para recibirle. Me pareció significativo el día, el ciclo de la Vida en el seno de una Familia y la normalidad absoluta de la muerte que no es fin sino principio; así al menos he aprendido a vivirlo yo.

Al día siguiente, durante la misa de las familias, después de haber rezado un rato en su capilla ardiente, me vi a mi mismo finalizar las preces, micrófono en mano, pidiendo por él y por todos los redentoristas que entregan su vida por cualquier lugar del mundo anunciando la Buena Noticia de la Sobreabundante Redención. Esos ataques de espontaneidad no son nada frecuentes en mí; qué se le va a hacer. Al salir alguien me preguntó si yo le había conocido mucho. Contesté, como siempre, con total sinceridad: “A él de nada, pero conozco a tantos, la fe de tantos, la entrega de tantos que se puede decir que en ellos le conocía a él”. Sí, reconozco que me miraron como quien ve a un loco y no me importa lo más mínimo.

Lo que me impresionó de la peregrinación llegó por la tarde, viendo las fotos del día anterior, la imagen de un puente a rebosar, “soportando” a casi todos los peregrinos al tiempo. Todos esos corazones latiendo por lo mismo, cada uno de su padre y de su madre, pero ahí estábamos todos; por esos seis beatos redentoristas. Todas esas almas cruzando el puente. Ahí estábamos, en el fondo, porque Alfonso de Ligorio tuvo una intuición que se había materializado hacía 281 años. Yo con mi vértigo, sin las gafas y flanqueado por mi mujer y el P Damián, cruzaba tamaño puente 281 años después junto a ciento cincuenta y tantos locos más. Y tras cruzarlo, una foto familiar casi como de un primero de mayo.

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