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miércoles, 28 de marzo de 2012

Carlos Sánchez de la Cruz CSsR


El lunes y el martes de esta semana han tenido lugar unas charlas cuaresmales en el Santuario del Perpetuo Socorro de Madrid. Creo que lo primero que tengo que decir de quien las ha impartido es que se trata de un hombre feliz, enormemente feliz. Cruzar la mirada con él y darse cuenta de eso es inevitable. Hay varias cosas que destacan al mirarle a la cara: su felicidad incontenida, una inteligencia inusual y algo que revela que nos encontramos ante un hombre de fe y ducho en la oración. Si además uno tiene la suerte de intercambiar algunas palabras, aunque no sea más que un sencillo saludo, lo anterior se confirma con rotundidad, y aderezado con una altísima dosis de simpatía. Porque rápidamente nos damos cuenta de que aquel que tenemos delante es un tipo muy, pero muy simpático. Y natural, y espontáneo.

El personaje en cuestión se llama Carlos Sánchez de la Cruz y, con semejantes características, cualquiera se imaginará que, hable de lo que hable, escucharle es una delicia. Pero es que también fue Premio Extraordinario de Fin de Carrera en Teología en la Pontificia de Comillas, es sacerdote y misionero Redentorista, así que esa delicia de la escucha se convierte en un nutritivo alimento para el alma a medida que va desgranando su discurso, palabra tras palabra, frase a frase, idea a idea hilvanándolo todo con la naturalidad y sencillez propias de la Congregación, la simpatía de la que está dotado y esa inteligencia al servicio de todos.

Yo tuve la fortuna de estar presente con María y mis hijas en su Ordenación Sacerdotal, y no deja de sorprenderme que la expresión de felicidad contagiosa de aquel día es la misma que ilumina su rostro cuando le escucho hablando del Señor; quizás porque habla loco de amor de un “loco de Amor” por la humanidad entera. Es la imagen de un enamorado, de un auténtico enamorado de Cristo que, además, transmite la espiritualidad Redentorista con un gozo y una naturalidad tan apabullantes que inundan cada poro de quienes le escuchamos. Cada vez que pronunciaba el Copiosa Apud Eum Redemptio me daba hasta la sensación de que se elevara de la silla.

No voy a desgranar lo que escuché, porque para hacerlo debería bajar de la nube, y creo que cuando lo haga ya estaremos en Pascua. Simplemente señalaré que ya que “el Amor de Dios tiende a extenderse”, eso es lo que vi y sentí estas dos tardes, una extensión inacabable del Amor de Dios; y que si nosotros estamos llamados a ser otro Cristo, yo le he tenido ante mí a escasos seis bancos de distancia. El resto lo dejo para mi rumia interior.

Algo agradeceré a Carlos desde aquí, que con una parte de sus palabras ha puesto nombre a mucho de lo que siento.

Con el trasfondo de un joven Joseph Ratzinger, el brillo constante de San Alfonso y la pasión del conferenciante, han sido dos charlas Redentoristas en estado puro.

Carlos, Jorge, Miguel, Damián, Víctor….. Carlos, Pablo, Antonio… ufff Señor con menudo plantel nos vas bendiciendo.

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